"Estás de pie en una escalera de metal con el agua hasta el cuello. Algo redondo y pesado se desliza suavemente sobre tu cabeza, y de pronto un casco de metal descansa sobre tus hombros. Tal como si fuera un caballero de la edad media asistido por su escudero, listo para el negocio sombrío de la guerra. Pero en lugar de una visera con ranuras, nuestro casco, presenta dos grandes ventanas de vidrio ante tus ojos. Te vuelves y ves olas esmeralda que corren hacia una playa lejana color marfil, rematada por un plumero de palmeras que ondean a la luz del sol, bajo un cielo despejado y azul.
Con una sonrisa dices adiós a tu amigo de la bomba, y desciendes lentamente, bajando paso a paso por la escalera. Por un momento la playa y las palmeras aparecen intermitentemente a través de olas que ahora rompen frente a tu cara. De repente el mundo cambia. La luz del sol ya no castiga, en su lugar destellos de tintas azules y verdes se ven por todas partes. Intensos rosados y naranjas surgen por todos lados – pronto te percatas que son los colores de los corales vivos, con la misma sorpresa con la que el viajero descubre que las supuestas nubes que se ven en el limpio cielo matutino de Darjeeling no son realmente nubes, sino los nevados picos de los distantes Himalayas. Pronto la gente diminuta de este reino extraño comienza a saludarte - un cuarteto, de arco iris nadadores – cuatro pececitos, magníficamente coloreados te acompañan un rato y al cabo de un tiempo desaparecen.
Ahora tus pies tocan el suelo y caminas lentamente sobre la arena más blanca y limpia del mundo. Una Gorgona tan alta como tu extiende una pluma de avestruz hacia ti -es de un color púrpura realmente vivo-y resulta tan extraña como podría ser un helecho marciano. Te sientas suavemente sobre un montículo de arena y algunos cangrejos y diminutos peces asustados huyen para dejarte su lugar. Te apoyas contra un mueble del más puro mármol y pones tu codo sobre una mesa redonda de lapislázuli en el que florecen tres flores, que sobrenaturalmente, se inclinan hacia ti por su propia voluntad. Sus pétalos estriados son de resplandecientes tonos dorados y malaquita, simulando raras y desconocidas orquídeas. Te prestas a tocar una y antes que el ojo pueda notarlo, las flores desaparecen debajo de la superficie azul de terciopelo de la que antes parecían brotar.
Decenas de peces, todos extraños, graciosos y bellos, juegan junto a ti, mordisqueando el coral, nadando hacia la esponja que has levantado de su lugar, buscando conseguir en su agitación alguna golosina para comer. Cuando te sientas en calma se reúnen en torno a ti, y pasan una y otra vez frente a los cristales del casco abriendo y cerrando sus bocas absurdamente. Si sabes leer los labios te bastara para descifrar lo que dicen. Todos repiten: "¡Oh, Oh! ¡Hermano! ¡Hermano! Oh! Oh!" Y tu le respondes hablándole amablemente desde la seguridad de tu seco y aireado casco. ¡Son tan amistosos, tan curioso, tan completamente diferentes a los peces que pasan una inútil vida reclusos en los acuarios!
Tu atención pasa de una maravilla a otra maravilla y viceversa. Y comienzas a proferir para ti todo tipo de cosas; exclamaciones de sorpresa, sonidos inarticulados de enojo. Todo porque (Según sea el caso) sentirás en ese momento que pasaste veinte, treinta o cincuenta años de tu vida sin descubrir cuan fácil resultaba entrar a este nuevo mundo. ¿Estás bajo el agua? No te sientes mojado, el aire que respiras es, en todo caso, mejor que el de la lancha a motor que oscila allá arriba. Observas tus manos y al ver las arrugadas puntas de tus dedos te percatas de que está donde estás. Un gran pez azul se desliza, pasando justo sobre tu cabeza y desde ahí te indica algo. En eso una madeja de hadas vestidas de encaje flota a la deriva y se agolpan contra tu casco. Para tus amigos arriba en el barco, este espectáculo, no pasan de ser más que una escuela de medusas.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que dejaste el mundo de arriba; unos momentos o varias horas? Un leve tirón de la manguera te recuerda todo lo que has olvidado. Te levantas y caminas –entre flotando y andando- hasta la escalera que se balancea, y de mala gana subes por ella. Descubres que has estado 40 minutos bajo la superficie y que otro aventurero espera impaciente tomar tu lugar. Habías planeado contar a todos tu experiencia, pero al final decides guardar silencio. Te conformas con decir torpemente algo así como; ¡maravilloso!, ¡tremendo!, ¡hermoso! Y te retraes de nuevo al silencio. Fijas tu mirada en la distante playa donde siguen rompiendo las olas esmeralda, y desde donde te saludan ondulantes las palmeras, justo como antes de bajar a aquel mundo maravilloso que acabas de contemplar.
Solo falta decir a mis lectores que no se permitan morir sin antes disfrutar personalmente de este nuevo mundo, aunque para ello tengan que alquilar, comprar, hacer su propio casco, o incluso robarse uno. Los libros, los acuarios, incluso los botes con fondo de cristal, son respecto a esta experiencia, lo que una sola anotación en el calendario puede significar para esta expedición, una migaja seca de coral en el desconocido universo de vida y color que coexiste junto a nosotros en el mismo planeta Tierra".
(El texto es una traducción libre del autor de este blog y no pretende ser una traducción fiel del original. Tomado de; Beneath Tropic Seas; de William Beebe 1928. De este texto hablaremos en subsiguientes entradas)
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